Decir que no también es una forma de cuidarse

Desde pequeños nos enseñan que el mundo funciona con una lógica clara, en la que, para ser buenas personas, se debe decir que sí y quienes dicen que no son vistos como problemáticos. No es un aprendizaje directo, sino que el mensaje llega en forma de pequeños gestos, silencios y recompensas. El niño que cede, es el que recibe aprobación. Mientras que el que se niega, es castigado o desaprobado. Se trata de un sistema tan eficaz que, para cuando se llega a la edad adulta, ya ni siquiera se percibe. Simplemente se cede, por inercia, por miedo o por costumbre.

El problema es que esa inercia tiene un coste. No siempre visible a corto plazo, pero sostenido y acumulativo. Decir sí cuando se quiere decir no construye una forma de estar en el mundo que desgasta la identidad, agota la energía disponible y genera, tarde o temprano, una sensación difusa de que se está viviendo una vida que no pertenece del todo a quien la vive. Si no se razona este problema, se termina construyendo una vida organizada en torno a las expectativas de los demás, dejando las necesidades y los deseos propios en un último lugar.

 

Una imposición que viene de lejos

La dificultad para decir no no es un rasgo de carácter. Es, en la mayoría de los casos, una respuesta aprendida. Tanto en el entorno familiar como en el cultural, absorbemos desde la infancia mensajes que potencian la complacencia y penalizan la negativa. Socialmente está muy bien visto anteponer las necesidades de los otros a las propias, y quien lo hace de forma constante suele recibir adjetivos que suenan a virtudes —generoso, entregado, sin ego— mientras que quien pone límites carga con la sospecha de ser egoísta o poco colaborador. Es una trampa sutil pero efectiva: el sistema premia exactamente el comportamiento que, a largo plazo, resulta más costoso para quien lo sostiene.

Si bien esta dinámica se comenzó a construir a partir de una búsqueda civilizatoria, se omite el precio interno que hay que pagar. Según recoge el sitio Psicología y Mente, la falta de asertividad suele estar relacionada con el miedo al rechazo o con una educación muy estricta, basada en una responsabilidad exagerada y en la idea del sacrificio por los demás. A esto se le suma un círculo vicioso en el que, quien no sabe decir no, puede ver cómo su autoestima se deteriora progresivamente y, en consecuencia, esa autoestima baja le lleva a ser aún más complaciente para encontrar la aprobación que no consigue darse a sí mismo.

 

El coste invisible de decir siempre que sí

Las consecuencias por ser complaciente constantemente no se ven de forma inmediata, sino que aparecen poco a poco y resultan casi imperceptibles. Estas se pueden manifestar como cansancio constante, irritabilidad sin causa aparente o dificultad para identificar qué se quiere realmente. Tal y como señala el diario El Español, uno de los consejos que el Instituto Nacional de Salud Mental incluye entre sus recomendaciones de autocuidado es precisamente aprender a decir no. Esta actitud no se trata de un acto de rebeldía, sino de amigarse con la idea de responder desde la autenticidad.

En muchos casos, se vuelve difícil relacionar ese agotamiento difuso con la sensación de estar siempre disponible para todos menos para uno mismo. Este no es un problema de agenda ni de falta de tiempo, sino que es el resultado directo de un patrón relacional, que antepone la aprobación ajena a las propias necesidades. Ese patrón, una vez que se instala no desaparece solo, sino más bien todo lo contrario. Tiende a consolidarse cada vez más, volviéndose más rígido y más difícil de cuestionar, precisamente porque ha dejado de percibirse como una elección. Se comienza a confundir así la identidad, el carácter y la forma de ser con la expectativa que se supone que hay sobre uno. Y esa confusión es, quizás, el obstáculo más difícil de superar.

 

Cuando la sensibilidad se convierte en trampa

Hay personas en las que esta dinámica tiene un peso particular. No se trata simplemente de que les cueste decir no, sino que su sistema emocional entero está orientado a anticipar las necesidades de los demás, a evitar conflictos antes de que aparezcan y a ajustarse de manera continua para no generar malestar en el entorno. Es un perfil que puede funcionar bien en apariencia, ya que estas personas mantienen relaciones y raramente generan roces, pero en realidad operan desde un esfuerzo constante que, con el tiempo, resulta agotador.

Desde el centro psicológico Canvis, este patrón se describe bajo la metáfora del complejo de Bambi y se relaciona con personas de gran sensibilidad y empatía, pero con una marcada dificultad para establecer límites y manejar el malestar, tanto el propio como el ajeno. La hiperadaptación, la evitación de conflictos y la tendencia a priorizar el bienestar de los demás por encima del propio son sus rasgos centrales. Esta imagen no es un diagnóstico clínico concreto, sino una forma de poner palabras una experiencia interna que muchas personas reconocen como propia en cuanto se la hacen notar.

 

Aprender a decir no sin que sea una declaración de guerra

Una de las razones por las que cuesta tanto decir que no, es porque se lo asocia a lo hostilidad y se siente similar a romper algo o a elegir el conflicto cuando en realidad se podría evitar. Sin embargo, se debe entender que un no dicho con claridad y sin agresividad es todo lo contrario. Es una forma de comunicarse desde la honestidad y no construir un resentimiento silencioso, que acumula el malestar hasta estallar en el momento menos oportuno.

Tal y como apunta Hola.com, aprender a decir no es un acto de autocuidado que protege tanto la salud mental propia como la calidad de los vínculos. Las relaciones que sobreviven a un no honesto suelen ser más sólidas que las que dependen de un sí perpetuo, porque están construidas sobre una base real y no sobre la gestión constante de las expectativas ajenas. Si bien no es un aprendizaje sencillo para quienes llevan años funcionando desde la complacencia, se debe comprender que sí es posible. Y con frecuencia, resulta transformador no solo para quien lo trabaja, sino también para los vínculos que le rodean.

 

Más comentados

Cómo sacarle provecho a tus vehículos de empresa

A veces no nos paramos a pensar en la cantidad de empresas que necesitan de vehículos a diario. Pensamos que sólo son las empresas grandes las que “ponen coches” a sus empleados con el fin de que puedan realizar su

Quiropraxia

¿Todo el mundo conoce lo que es la quiropráctica? Yo oírlo lo había oído muchas veces pero realmente no tenía ni idea de lo que era. Lo relacionaba con la fisioterapia pero jamás supe qué tipo de tratamiento proporcionaba esta

Juegos de Escape

Imagino que a estas alturas todos sabemos lo que es un juego de escape pero, aun así y para los despistados, intentaré explicarlo resumidamente. Tú y tus amigos sois encerrados, voluntariamente, en una habitación o en un circuito de habitaciones

Mejora tú verano 2019 con Piscinas DTP

Ha acabado el verano y va siendo hora de analizar cómo ha sido esta estación para nosotros y para nuestros familiares. Es el momento idóneo para ver con qué clase de cosas hemos disfrutado y qué tipo de bienes o

El efecto en la economía de Halloween

El otoño trae una horda de esqueletos, zombies y vampiros propias del videoclip Thriller de Michael Jackson, o películas de terror como Van Helsin. Y es que una tradición que proviene de los Estados Unidos y Gran Bretaña ha calado

Compartir

Más comentados

Mas artículos